SALUD, ECONOMÍA |

Salud: una entelequia de Humanidad

En los últimos tiempos la tendencia de entender la salud como un negocio más que como un derecho básico se ha ido profundizado. Esta ola negativa y en aumento es analizada en este escrito de Fernando Hadad, secretario general de la CTA Autónoma Seccional Santa Fe Capital.
Feb, 20. 2020
Comunicación CTAA Seccional Santa Fe Capital

En los últimos tiempos la tendencia de entender la salud como un negocio más que como un derecho básico se ha ido profundizado. Esta ola negativa y en aumento es analizada en este escrito de Fernando Hadad, secretario general de la CTA Autónoma Seccional Santa Fe Capital.

“La maldición de una realidad sin salida, se
transforma muchas veces en relatos, pequeñas
historias que circulan en medio de la noche
para contar imaginariamente la experiencia
vivida de esos días oscuros y poder soportarlos
y sobrevivir. La narración alivia la pesadilla de
la Historia”

Ricardo Piglia, Los Diarios de Emilio Renzi.
Un día en la vida.

Se llega con el cuerpo enfermo y vulnerable hasta la imponente fachada de un Sanatorio privado. Luego, y pese al improbable abanico de sospechas intrahospitalarias alimentadas con mitos urbanos de sobremesa, se traspasa la Gran Puerta vidriada arrastrando los pies con el pánico colgado de los tobillos. La primera impresión también cuenta al momento de mostrar control a través del arte de curar. La Recepción es una luminosa y amplia sala, minimalista, pulcra y con la temperatura ambiente apropiada. El personal capacitado, dispuesto a despejar cualquier duda, explica: “La habitación se puede pagar en efectivo, o con tarjeta de crédito hasta en tres pagos sin interés».

Aunque no siempre lo sea, todo aparenta ser profesional y aséptico, diseñado para transmitir una sensación de esmero aplicado al alivio del dolor. Desde el televisor empotrado en la pared de la Sala de Espera, un periodista de algún medio con estética sobria y contenido informativo acorde a ese ambiente, se dirige a los pacientes que esperan dispuestos en fila abstraídos en sus propios problemas de salud. El personal va y viene todo el tiempo. Están los que circulan con el ambo de enfermería y una expresión un tanto agobiada; parecen ser las personas más sufridas, y de alguna manera, por su postura y modos, más humanas que las otras, las que llevan un delantal blanco calzado hasta las rodillas y transitan los pasillos como Narciso absorto ante la belleza de su título de grado. El estetoscopio colgado a modo de babero los distingue del resto de los simples terrícolas, en particular de los pacientes. Tal como al Dr. Fulano de Tal y Cual, hijo y nieto de los Dres. Fulano de Tal, de la más pura tradición familiar de galenos. El primer Fulano de Tal del que se tenga memoria, llegó a América a bordo de la Santa María y era el médico que le atendía los juanetes a Cristóbal Colón y la disentería a la tripulación.

“Habitación 304” dice la recepcionista. Habitación compartida, TV con fichas, y aire acondicionado. Al correr las cortinas se vislumbra el primer rastro de decepción: ventana claustrofóbica con vista a las paredes enmohecidas del patio interno del edificio. Desde ese lugar ahora se parece más al típico exponente de la arquitectura brutalista soviética. No está tan mal después de todo: no es un hotel y tampoco son vacaciones.

Una vez internados la entrega es total, con estricto reposo esperanzados en el conocimiento y la pericia de los especialistas, y, en ciertas ocasiones, de la buena voluntad en la aplicación completa y correcta del tratamiento, la que pareciera tener una progresión inversa con la edad del paciente.
Si el tratamiento resulta de acuerdo a lo esperado, en pocos días un profesional a cargo firmará el alta médica para retornar a la vida con sus demandas por la misma Gran Puerta por la que se ingresó, orgánicamente reconfigurados y mejor predispuestos. Media sonrisa triunfal y eternamente agradecidos al Sistema de Salud por haber quitado el dolor y algo -solo algo- del miedo: ¡Gracias a todos! Cuerpo socialmente útil otra vez. A cuidarse para no volver, y promesas del viento con cero alcohol, frutas, verduras y vida sana. Meditación y yoga. Difícil ¡Lo volveremos a ver!

Pero si esto no ocurre, si el cuerpo vuelto carne inerte deja de ser insumo para el Gran Negocio de la Salud, se comprende que aquel ingreso por la Gran Puerta no fue más que un espejismo de humanidad. El montaje de una gran ilusión. Si llega la muerte, con el desconcierto del espíritu aún sin decantar, hay que abandonar la pieza y dejarle la cama tibia al próximo paciente, para ser montado en un balanceo más o menos preciso sobre la gélida superficie metálica de la camilla. Antes de que los deudos empiecen a intentar comprender la pérdida sufrida, el cuerpo con la identificación atada al pie ya fue delineado con el fantasmal contorno de la mortaja.
“Morgue Transitoria”, anuncia el cartel de acrílico blanco atornillado en la puerta, a la que se llega luego de sortear un patio con obstáculos dejados al descuido como baldes, escobas y sillas apiladas. La sala amplia y luminosa del ingreso se ha vuelto en el final, un espacio diminuto e impregnado hasta los cimientos con el vaho de los despojos. Ya no más atención personalizada, higiene sanitaria, médicos de doble apellido, enfermeras, ni amables recepcionistas. Es ahora una inesperada realidad cavernosa, el temido pasaje a la nada. Por el estrecho pasillo, que nadie se acuerda de limpiar y mucho menos de pintar, circula cada tanto el personal de limpieza acarreando bolsas de residuos que son arrojadas en contenedores, ubicados sin pudor junto al depósito temporarios de los que pocos minutos antes eran seres vivos. La relación es más que evidente. El sector se encuentra dentro del nosocomio, pero como carece de interés económico deviene en un espacio suspendido entre el sanatorio y la casa de sepelios, entre la cama y el cajón, entre el arpa y la guitarra.

“El servicio fúnebre se pueden pagar en efectivo, o con tarjeta de crédito hasta en tres pagos sin interés”. Un último balanceo y unos pocos minutos más, bastan para que el Sistema de Salud pueda desprenderse de los cuerpos que ya no necesita, utilizando el pasillo que desemboca en la pequeña Puerta de Atrás.

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