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15 años sin Alberto Belloni: “un ejemplo de vida”

Ante un nuevo aniversario de su fallecimiento, su compañera Estela Weissberg brindó una profunda entrevista donde repasó algunos hitos de la vida de Belloni y su legado para la clase obrera.
Ago, 20. 2020
Comunicación CTAA provincia de Santa Fe
Alberto Belloni, 2005

Alberto Belloni, 2005

Alberto Belloni (1931-2005) fue una de las figuras destacadas de la llamada «izquierda nacional» de los años 1960 y 1970. Nació en el seno de una humilde familia de inmigrantes italianos radicados en Puerto General San Martín y a los trece años ingresó a la Escuela de Aprendices del Ministerio de Obras Públicas de Rosario, formándose como obrero especializado en motores diesel para barcos. Trabajaba como obrero mecánico cuando hacia 1950 se vinculó a la vida sindical, siendo el formador de compañeros como Héctor Quagliaro y Mario Aguirre.

Tuvo una intensa actividad en el sindicalismo de Rosario y del país, siendo dirigente de ATE Rosario y las 62 Organizaciones; fue parte del Secretariado Nacional de ATE y del Comité Central Confederal de la CGT. En 1965 se trasladó a Buenos Aires, donde se desempeñó como docente, llegando a ser designado profesor de Historia Económica y Social en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata.

En 1960 publicó “Del anarquismo al peronismo”, un breve relato que alcanzó amplia difusión y dos años después apareció su libro “Peronismo y socialismo nacional”. En 1964, junto a Rubén Bortnik, Ricardo Carpani y Mauricio M. Prelooker fundó la revista Programa, en cuyo primer número aparecen sus «Apuntes sobre la cuestión nacional». Simultáneamente, también con Carpani y junto a Hernández Arregui, Ortega Peña y Eduardo L. Duhalde, participa en la fundación del Grupo CÓNDOR. En 1974 publicó, bajo el título «Pasado y Presente del Peronismo», una serie de notas en la revista Liberación, del ERP-22.

Su casa fue allanada por la Triple A el 1° de julio de 1975 y en septiembre de 1976 se exilió en París junto con su compañera Estela. Allí trabajaron incansablemente por difundir lo que pasaba en Argentina y defender los derechos humanos.

«Mi compañero»

Estela Weissberg tiene 72 años. Se recibió de antropóloga en Buenos Aires, donde a mediados de los ‘60 conoció a Alberto Belloni, “el obrero ilustrado”, como quedó definido para la historia. Fue su compañera de vida, compartieron la persecución y el exilio en Francia, hasta que él falleció el 21 de agosto de 2005. Hoy, al cumplirse 15 años de su partida, es la primera vez que Estela no puede estar en Argentina para esta fecha.

Estela Weissberg

Estela Weissberg y Leticia Quagliaro en el homenaje del Concejo Municipal al artista Orlando Belloni – 2018 – Foto: ATE Rosario

Por ello envió a sus contactos, amigos y familiares un mensaje pidiendo que rememoren anécdotas o vivencias compartidas con él. “Rachel James le dijo ‘Usted es una persona con mucha pasión por la vida’. Y es verdad, tratemos de aprender de su actitud, reír a la vida, cosa que no quita ser escéptico y consciente de la dificultad futura. Alberto, a pesar de su desencanto lúcido, siempre tenía palabras alentadoras para los jóvenes y no perdía la esperanza de una sociedad más libre”, destacó en su correo.

En ese camino de reconstruir la memoria colectiva, desde París, Estela accedió a esta entrevista donde repasó algunos hitos de la vida de Belloni, su amistad con Héctor Quagliaro y otros dirigentes de ATE, su persecución y posterior exilio y el enorme legado que dejó, especialmente para el pensamiento de la clase obrera argentina.

– ¿Quién y qué era Alberto Belloni?
Estela Weissberg: ¡Para eso se necesita un libro! Era todo, era mi compañero. Hacíamos como una vida paralela, más allá de que teníamos objetivos comunes, yo hacía mis acciones y mi militancia y Alberto la suya, por supuesto con muchos puntos de encuentro, lógicamente, sobre todo desde el exilio. La complicidad, el ejemplo, la conducta. Nunca se doblegó, ni en Argentina ni aquí, aunque quisieron hacerlo en varias oportunidades, quisieron comprarlo, pero él dijo que no. “No voy a perder mi conducta y mi dignidad, menos todavía en el exilio”, dijo. Es un ejemplo de vida.

– ¿Por qué se fueron al exilio?
E.W.: Nos exiliamos los dos juntos, ya hacía ocho años que estábamos juntos para entonces. No nos exiliamos rápido. En el ‘75 nos allanan y por una cuestión familiar salvamos la vida. Ocho monos nos fueron a buscar, destrozaron todo el departamento, nos esperaron durante tres horas y nosotros llegamos diez minutos después. Fue el 1ro de julio del `75, justo en el aniversario de la muerte de Perón, o sea que el problema lo tuvimos con Isabel Perón y López Rega. En esa época, si caías desaparecías. Salvamos la vida y dejamos el departamento. Nos fuimos con lo puesto y llamamos a los amigos para que no vinieran por casa. A partir de ese momento nos cambió la vida: yo estaba proletarizada, trabajaba en una fábrica y tuve que dejarlo porque me podían agarrar ahí, y Alberto pasa a la clandestinidad. Andábamos con un cepillo de dientes y una muda de ropa, mucho a la casa de familiares no queríamos ir e íbamos cambiando de casa, pero la situación se fue poniendo cada vez peor. A través del Senador Solari Irigoyen y de Luis Eduardo Duhalde pudimos ver el legajo de Alberto, porque yo había pedido un hábeas corpus y pregunté si había pedido de captura y por qué, y no había nada. Figuraba todo su activismo sindical, como dirigente, pero nada más. Evidentemente estaba en las listas negras que manejaba el Ministerio de Bienestar Social.
Nuestra situación era difícil económicamente y como no estábamos en ningún partido y Alberto era muy crítico de la lucha armada (aunque tuviera toda nuestra solidaridad), estábamos un poco aislados. Cuando viene el golpe en el ‘76 los amigos nos dicen que esto se venía peor y que nos teníamos que ir, porque no podíamos sobrevivir así. Así que sin saber cómo, cuándo ni a dónde, empezamos a ver. Pero no teníamos plata. Daniel James, el historiador inglés que escribió su tesis sobre la resistencia peronista, venía todos los años a la Argentina y Alberto lo ayudó muchísimo en ese trabajo. Para mí es un hermano y eran amigos de siempre. Él puso sobre la mesa 2000 dólares que eran de la beca que le habían dado para que haga su tesis. Fue eso lo que nos permitió salir, en barco porque no nos alcanzaba para pagar el avión, y así llegamos a Francia.

– ¿Por qué fueron a Francia?

Alberto por Orlando

Alberto, por Orlando Belloni


E.W.: En realidad no sabíamos a dónde ir, después nos dimos cuenta que tendríamos que haber ido a Italia, ya que el consulado italiano estaba ayudando mucho a la gente que tenía que salir del país y nosotros no lo sabíamos. Incluso el papá de Alberto era italiano y podría haber insistido por ese lado, pero no sabíamos. Fuimos a Francia porque culturalmente estábamos muy relacionados, Alberto seguía muy de cerca lo que pasaba aquí y las publicaciones. Por otro lado teníamos un contacto, José Luis Goyerena, que era un joven que se había preparado en Cuba, con quien Alberto se carteaba, cartas de 10 u 11 páginas, desde hacía años, y era el único contacto que teníamos en el exterior. Así que nos vinimos sin saber si podríamos quedarnos. Pedimos el exilio aquí porque sin eso no tenés la residencia y sin residencia no podés trabajar. Pedimos el estatuto de refugiados políticos y nos quedamos aquí.
Los primeros años del exilio fueron muy difíciles, realmente hicimos de todo: limpiábamos la estación de ferrocaril, pegamos afiches en las calles, limpieza, yo trabajé en una fábrica. Era inevitable, no hablábamos la lengua. Alberto decía que los que pudieron salir rápido son los que pudieron volver rápido también. En el ‘75 nos tendríamos que haber ido, pero no teníamos plata, no teníamos cómo hacerlo. Quienes pudieron salir rápido son los que tenían alguna propiedad o una profesión que se los permitía y por eso pudieron volver rápido también. Pero no me quejo, salvamos la vida por casualidad, pero la salvamos y eso lo valoramos y trabajamos mucho.

Sus discípulos en el sindicalismo

¿Cómo fue su relación con Héctor Quagliaro?
E.W.: Era una relación muy fuerte. Tenían casi la misma edad, pero Héctor decía que había sido su maestro, su padre. Él entra al sindicalismo por Alberto. En realidad Héctor se quería ir a jugar al fútbol, creo que a Colombia, y Alberto le dijo que no se fuera y que vaya al sindicato. Alberto le anotaba en un papel todo, me decía que Quagliaro no sabía lo que era una moción de orden, por ejemplo, entonces le escribía el vocabulario para participar en las asambleas. Realmente él y Mario Aguirre fueron los discípulos de Alberto, confió mucho en ellos y trabajaron. Héctor me decía que Alberto lo hinchaba, le decía que tenía que leer todos los periódicos para estar al tanto de todo. Fue un maestro, como de muchos, no solamente de ellos. Después Alberto no estuvo del todo de acuerdo con como siguieron las cosas, haber seguido dentro del peronismo, o con Mario Aguirre en relación a la lucha armada. Tenía una posición crítica respecto a eso pero tuvieron una relación muy linda.

– ¿Qué pensaba de los sindicatos? ¿Por qué dejó el sindicalismo?
E.W.: No es que él deja, lo dejan. Él tiene problemas justamente con la burocracia sindical. Él logra entrar a la dirección y al secretariado nacional porque se da una camada de nuevos activistas en la vida sindical. Pero poco a poco crece la burocracia y se toman posiciones. Alberto estaba en contra de esto, era muy asambleísta y con una conducta muy pura para el sindicalismo en general. Con esa conducta él terminó el mandato de delegado y volvió al puerto a trabajar como obrero. Él decía ‘yo cumplí mi mandato y si no me nombran otra vez vuelvo al puerto’ y fue lo que hizo. Evidentemente eso choca con el sindicalismo burocrático.

– ¿Cómo fue que se dedicó al desarrollo intelectual, a pensar desde la clase obrera?
E.W.: Siempre. Él empieza como aprendiz mecánico de los barcos del Ministerio de Obras Públicas en el puerto de Rosario, por las escuelas de aprendices que había creado Perón, donde estudiaban secundario medio día y medio día trabajaban. Él y el hermano, Orlando, entraron ahí, viven solos en una pensión, porque ellos eran de Puerto General San Martín, así que los padres le alquilan una habitación para que puedan ir a trabajar temprano. Él contaba que salía del trabajo, hacía dos horas de siesta, se bañaba y se iba a la biblioteca. Y ahí empezó a leer y leer mucho y escribió su libro de muy joven. Siempre tuvo esa necesidad de aprender, le dio por la lectura, el compromiso. Y al hermano le dio por la creación, es artista, pintor, ambos con un espíritu muy sensible.
Después pasó que lo nombraron delegado y ahí la cosa se profundizó, viajaba muchísimo a Buenos Aires. Allí iba a la biblioteca de Abelardo Ramos, escuchaba a Spilimbergo, las conversaciones, la izquierda nacional. Igual él nunca estuvo adherido a ningún partido, ni cuando se forma el PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional). Pero estaba muy cerca de esas ideas, de Hernández Arregui, y leía, mucha lectura.
Alberto decía que París era su segundo exilio, porque tuvo que dejar Rosario cuando lo amenazaron de muerte, después de que asesinaron a un dirigente cervecero, y dijeron que ahora le tocaba a “la eminencia gris de la CGT de Rosario, Alberto Belloni. Si no lo matamos, le cortaron la lengua”. Así dice un artículo publicado en un artículo. Entonces se va a Buenos Aires y deja Rosario, alrededor del ‘61 o ‘62. Ya unos años después estaba radicado en Buenos Aires y ahí es donde, por suerte, lo conozco yo.

Biblioteca Belloni

Biblioteca Alberto Belloni, en Puerto General San Martín

– ¿Cuál creés que fue su legado en general y para la clase?
E.W.: Lo importante es que se reconozca que no hay un corte, Alberto siguió trabajando, por un mundo mejor, digamos, incluso en el exilio. Acá trabajó muchísimo porque se creó una agrupación que se llama TSAE, Trabajadores y Sindicalistas Argentinos en el Exilio. Alberto iba a las fábricas como Renault, Peugeot, que tenían filiales en Argentina, para explicarles que había una dictadura, le explicaba la situación a los delegados y las comisiones internas, que hacían desaparecer a los activistas. Fue mucho el trabajo que hizo aquí a nivel sindical. También hicimos mucho por la libertad de (Alberto) Piccinini. Hicimos un fichero con los nombres de activistas y delegados del movimiento obrero desaparecidos, porque lo que circulaba acá eran listas por orientación ideológica, entonces hicimos una sola, sean de cualquier partido. Eso Alberto lo presentó en Ginebra, en la OIT, en un congreso, explicando la situación en Argentina. También trabajó mucho con Amnesty, es decir que se prestaba a los organismos que se movían a nivel europeo para denunciar por todos los medios posibles lo que estaba pasando en Argentina. Cuando fue la Copa del Mundo del ‘78, formó parte del COBA, la Comisión de Oposición y Boicot a la Copa, no porque no le gustara el fútbol sino porque era una forma de hablar de la Argentina y decir que a unos metros de la cancha de River se estaba torturando gente en la ESMA. La carrera de Alberto no se corta en el exilio, trabajó muchísimo aquí.
Por otro lado, el mejor homenaje que se le podía haber hecho fue ponerle su nombre a una biblioteca, siendo tan amante de los libros (En referencia a la institución de Puerto General San Martín). Nosotros aquí juntamos libros, no propiedades como hicieron algunos, y tengo una biblioteca de 35 mil libros. Como tengo la intención de pasar mis últimos años en Argentina, los voy a donar al CEDINCI (Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas). El traslado se tenía que hacer el 26 de marzo y el 15 se dictó el confinamiento, así que estoy esperando que esto se abra para poder seguir esto del traslado a Argentina y donar la biblioteca. El amor por los libros de Alberto era increíble, por eso le decían “el obrero ilustrado”.


Orlando sobre Alberto

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