Historia de vida |

La militancia y la alegría como formas de resistencia

Este viernes se presenta el tercer libro de María Felisa Lemos, “En los esteros del Iberá”. En esta entrevista, adelanta el contenido de su obra y hace un recorrido por su vida como médica y militante política y social.
Mar, 22. 2021
Comunicación CTAA provincia de Santa Fe

“Tengo 82 años y resumir 82 años de una vida muy intensa es un poquito difícil”. Así arranca la entrevista María Felisa Lemos, quien en pocos días, el 27 de marzo, cumplirá 83. Con la alegría que la caracteriza, tiene muchas ganas de celebrarlos, algo que de alguna forma hará un día antes, en la presentación de su tercer libro, “En los esteros del Iberá”. Una actividad muy esperada por ella y por toda la militancia, que se desarrollará este viernes 26 a las 19.00 con transmisión por Facebook Live desde la cuenta de la CTA Autónoma provincia de Santa Fe.


La nueva obra se centra en su experiencia, hace más de 50 años, como médica rural en los esteros del Iberá, en lo profundo de Corrientes, su provincia natal. “Al pueblo que fui y que elegí se llama San Miguel. En ese pueblo, cuando llegué, no había caminos, no había agua, luz, comunicación (salvo el telégrafo), no había nada. El hospital estaba bastante abandonado. Yo me puse, porque cuando me pongo a trabajar lo hago, y lo convertí en un lugar habitable, ya que yo vivía en el hospital”, recuerda.

¿Por qué elegiste relatar esa parte de tu historia?
Porque para mí fue todo un aprendizaje darme cuenta de que en mi propia provincia, a 300 kilómetros de donde nací y me crié, existía un Corrientes profundo con otra lengua, con otras costumbres y cosmogonías, con una serie de ceremonias de la vida y de la muerte. Fue un aprendizaje muy especial para mí. Yo había leído a Paulo Freire y por eso pude ver en los saberes de los otros que había un saber igual al mío, yo venía de la universidad y el otro era de la vida. Eso cuento, las macanas que hace uno cuando es médico recién recibido, que cree que sabe y no sabe; las cosas que aprendí, que aprendí mucho de yuyos, a andar a caballo, porque para hacer consultas necesitaba andar en uno y después tuve mi propio caballo. Increíble la cantidad de cosas que aprendí en ese pueblo. El no tener nada para trabajar a mí me sirvió posteriormente para trabajar en Nicaragua, que también era más o menos la misma situación, era un lugar donde no había nada y acababa de triunfar la revolución. Me sirvió para estar con los compañeros del MST en Brasil y me ayudó mucho para trabajar acá, en Rosario, en las villas, entender que el otro es una persona como vos que tiene un montón de cosas que hay que saber escuchar.

Pero para poder entender ese tramo de su biografía, hay que conocer algo más que también rememora en este libro: su infancia y su decisión de estudiar, “con un padre muy patriarcal, muy castigador, muy de esa época”. La joven Felisa logró recibirse de maestra, con medalla de oro porque leía muchísimo, y planteó que quería estudiar medicina.

“Ahí se arma el gran kilombo familiar, porque yo era la única mujer, dos hermanos y yo. Me voy de todas maneras, me peleo con mi papá que me dijo todas las injurias habidas y por haber y me voy a Buenos Aires, a la casa de una tía”, apunta.

Con el alojamiento resuelto, comenzó sus estudios y trabajó de casi cualquier cosa para mantenerse. En esa época, en los años ‘60, comenzó a militar en el Partido Comunista (PC). Apenas recibida es cuando decide irse al campo, al Iberá. “Fui de puro audáz, yo no sabía nada del tipo de sociedad y de las patologías que me iba a encontrar, pero ahí aprendí. Después de que estuve dos años en el Iberá, los hombres del Ministerio de Salud Pública estaban súper sorprendidos de que una mujer joven haya podido desempeñarse con tanto vigor y fuerza en un pueblito perdido. Así que me dieron una beca para estudiar la maestría en Salud Pública en Buenos Aires y ahí estudié un año en el ‘70. Al año siguiente volví a Corrientes. Mi vida fue así, yo voy y vuelvo, porque Corrientes es mi lugar. Allá ocupé unos cargos, después me mandaron de directora del Hospital de Goya, en el ‘75”, explica.

– ¿Y ahí te agarró la dictadura?
Sí, yo ya estaba militando en otra agrupación, que era el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), ya estaba con un compañero y finalmente decido irme a Buenos Aires para salir de Goya, porque es chiquito y yo como directora del hospital, en dos minutos me encontraban. Enrique (su compañero) decidió quedarse en Goya y me fui a Buenos Aires y me perdí, estaba medio clandestina. Ahí la pasé muy mal realmente, me sentía muy sola, muy desprotegida, mal. En el ‘78 logro salir del país junto con mi compañero (que había estado detenido) y nos vamos a Francia, porque él es francés. Allá yo rindo mis exámenes como médica, me consigo un empleo en la facultad de medicina en la Sorbona, en un lugar hermoso, el hospital Saint Antoine, donde fue la revolución de 1848, el asalto al cielo, la revolución obrera. Ahí estuvimos dos años.

En Nicaragua

La revolución

“Es horrible estar exiliado. Como yo no quería estar en París, primero decidimos irnos a Mozambique, que era otra revolución. Pero en ese momento empieza a moverse Nicaragua y, entre ir al África, donde siempre vas a ser distinta, y volver a Latinoamérica, que era el sueño de nuestra vida, volvimos a Latinoamérica y nos fuimos a Nicaragua”. Así explica Felisa el por qué de su partida hacia el país de Centro América donde vivió junto a su familia hasta 1991.

“Fue esa sensación de estar aportando a una revolución, de estar creando vos también porque tenías toda la libertad para crear, nadie te decía lo que tenías que hacer, ponías todo lo que sabías. Fueron los mejores años de mi vida, honestamente”, señala.

En ese país nacieron su hija y su hijo. “Vivimos primero en el campo, después en la ciudad, luego en la zona de guerra, fue todo muy intenso y movido. Pero mis hijos y mi marido estuvieron siempre en una casa, en Matagalpa, donde era la retaguardia de la guerra. Ahí estaba Enrique que se encargaba de los hijos, con una compañera que lo ayudaba, y yo me iba a la zona de guerra”, recuerda.

A pesar de haber estado en el frente de batalla, en la frontera con Honduras, dos años y de haber visto “todo lo que se podía ver en una guerra”, ella destaca que “fue todo muy alegre, con mucha creatividad. En medio de la guerra, cuando se escuchaba el ruido de los obuses, nosotros organizábamos bailes, porque la única forma de sobrevivir una cosa muy dramática de largo tiempo es producir alegría, sino no resistís mucho tiempo. Pero todos teníamos clarísimo que apenas sonaba una sirena cada uno iba a su lugar, sabía con quién iba a estar, etc”.

Con la llegada de Violeta Chamorro al gobierno de Nicaragua, en la ola neoliberal que azotó a Latinoamérica, Felisa y su familia se enfrentaron a un nuevo cambio. “Yo ya no me quería quedar en esas condiciones en Nicaragua. Ahí nos planteamos con mi compañero a dónde nos íbamos, si a Europa, que todos teníamos nacionalidad francesa y yo era médica francesa también, o a otro país de América Latina. Yo insistí y jodí para volver a la Argentina, para que mis hijos, que son nicaraguenses, se críen por lo menos en su continente. Vinimos y acá me volví a integrar a un grupo militante y empecé a trabajar en la municipalidad de Rosario, desde 1991”, resume.

El 2 de octubre de 2018 fue declarada Ciudadana Distinguida de la ciudad de Rosario.

Una señora con una valija y un hijito

Pero la vuelta del exilio y la revolución no fue sencilla ni directa. “El des-exilio fue terrible, recorrí el país”, asegura. Primero, como era de esperar, fue a Corrientes, pero “no me dieron ni cinco de pelota y con mi historia de roja no querían ni acercarse”, aclara. Después hizo un recorrido que la llevó por Corrientes, Resistencia, Santa Fe, Paraná, la provincia de Buenos Aires, “en cada lugar donde tenía compañeros o conocidos de otra época, yo iba a pedir trabajo”.

“A todo esto a mí se me iba acabando la plata porque había venido con mi hijito menor, así que era una señora con una valija y un hijito”, expresa. Una compañera la invitó a Cipoletti, en Río Negro, donde había alguna posibilidad, pero antes pasó por Rosario. “Yo tenía un lindo currículum. Justo en ese momento estaba Ena Richiger como Directora de Atención Primaria y Hermes Binner como Secretario de Salud Pública. Ellos querían empezar un nuevo modelo de salud y yo les venía bárbaro porque venía con mucha experiencia de trabajar en comunidad, de no tener miedo, de andar de acá para allá y sobre todo de salirme del modelo médico hegemónico. Me contrataron como retribución a terceros y así estuve ocho años. Eso me permitió alquilar un departamento, que lo trajera a mi hijo, que lo había dejado en Cipoletti, y recibir a mi ex marido (se separaron en el ‘95) y a mi hija mayor, que venían de Nicaragua. Así fue como caí en Rosario. Simplemente porque en ese momento yo era la persona indicada para empezar un nuevo tipo de salud”, afirma.

– ¿Cómo fue esa experiencia?
Estuve en atención primaria, que tenía que ver mucho con los centros de salud y las comunidades. A mí me encantaba porque lo de escritorio no es algo que me de amor. Entonces empecé a hacer trabajo en las comunidades. La primera fue en el Monte de los Olivos, que queda en barrio Godoy, yendo a Cabín 9. Era una villa miseria donde hice un trabajo muy lindo e interesante con la comunidad. Obviamente que en todos los casos en que he trabajado en villas las mujeres son las que llevan adelante las tareas. Estuve en Las Flores, en barrio Municipal, en Ludueña, en Puente Gallego, muchos años en Villa Banana. Tengo un montón de experiencias, algunas muy duras.

Allí hace un paréntesis en el relato para aclarar que se define feminista y totalmente a favor del aborto. “Entre otras cosas porque me pasó a mí. Y porque he visto muchas mujeres, sobre todo en los barrios, que tenían un montón de hijos, que los maridos no les permitían tomar las pastillas, se las sacaban, quedaban embarazadas y no tenían posibilidades de hacerse un aborto en condiciones óptimas, por lo que se lo hacían ellas mismas. Muchas terminaban muriendo y dejando otros niños sin mamá. Además, me parece totalmente injusto que haya mujeres que pueden, y lo hacen, y que un derecho de la mujer no fuera respetado. Pensá que en la Unión Soviética ya tenían garantizado el aborto y estamos hablando de 1917”, enfatiza.

Soy muy vital, amo la vida”

Hasta que se jubiló, en 2012, Felisa siguió trabajando en Atención Primaria de la Salud (APS) en la ciudad de Rosario. Por haber estado 8 años precarizada y 15 en el exilio tuvo que comprar años de aportes para lograr la ansiada jubilación. Desde entonces, sus actividades se multiplicaron.

“Ahí hice todo lo que no había podido hacer antes. Me puse a estudiar canto, teatro, cine, viajé, yo viajaba mucho y me encontraba con mujeres de otros países. Particularmente con Guatemala, con las mujeres de ahí y de Nicaragua tengo una relación muy linda. Estudié guaraní, que debía ser mi lengua materna, pero mi papá y mi mamá no querían que nosotros la habláramos, entonces no la aprendí de chica, así que la vine a aprender de grande acá”, cuenta emocionada.

Hoy vive sola en su casa y, con su movilidad reducida, hace fundamentalmente actividad intelectual. Se afilió al Centro de Jubilados y Jubiladas de ATE y hace el curso de formación política de la Escuela Libertario Ferrari, de ATE-CTA Autónoma. “Escribo notas, estoy siguiendo unas cátedras en la UNR sobre historia argentina, sobre cine y sobre literatura. A mí me encanta el cine y veo bastante y escribo mucho”, enumera. Aún con todo su bagaje, asegura que le gustaría estudiar y profundizar más sobre feminismos y sobre salud mental.

Soy muy vital, amo la vida y pienso vivirla hasta que no de más. Y la quiero vivir bien, cuando empiece a decaer les he pedido a mis hijos que no me metan en la carnicería médica”, advierte.

Aunque hoy la movilidad y la pandemia no se lo permiten, la de Felisa fue, sin lugar a dudas, una vida marcada por la militancia política y social en cada una de las etapas de su historia personal. “Para mí la vida de militante fue una vida de hacer cosas, no sólo intelectuales, de ir a marchas, participar en actos, contribuir con un servicio determinado que hubiera que hacer, el trabajo territorial, la docencia. Para mí la militancia es todo eso, es algo muy profundo y sentido”, define.

Ese sentimiento la lleva, nuevamente, a la obra que estará presentando este viernes: “Yo cuento en mi último libro lo que fue mi infancia, que fue ver lo que pasaba en Corrientes con las chicas de mi edad que trabajaban de sirvientas, así con ese nombre, en las casas, por techo y comida. Lo que todos los demás veían como naturalizado, que era normal que hubiera gente que vivía como esclavos, a mí toda la vida esas cosas me produjeron una gran sensación de injusticia y desde joven intenté luchar contra la injusticia y mejorar la situación”.

– ¿Cuál es el mundo que desearías?
El mundo al que aspiro es uno donde no exista la injusticia, la explotación, donde la lucha de clases haya triunfado y no haya ni patrones ni esclavos. Donde haya una justicia de verdad.

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