Paritarias: que no te hagan el cuento

Por Homero Ramírez* | La paritaria, un juego, la siesta. El Secretario de Formación de la CTAA Santa Fe, Homero Ramírez, recorre en este interesante texto los hechos e implicancias de la negociación colectiva cuando faltan las voces mayoritarias. ¿De qué hablamos cuando hablamos de salario? ¿Qué intereses hacemos interesantes si discutimos lo que nos corresponde? ¿Y si no lo hacemos?

– Toc-toc!
-¿Salís? Rebota dos veces la pelota en el suelo y una en la pared.
–Pará!… que están durmiendo la siesta. Ahí voy.

Confieso que la persiana realmente no sonaba así entonces, y de hecho hoy que ha envejecido, mucho menos. Pero asumo que la onomatopeya convenida por el lenguaje a tal efecto es indiscutiblemente esa, “toc-toc”. Los signos cumplen ese rol, traen cosas reales al pensamiento cuando los invocamos, e incluso la aceptación de su validez suele ser más duradera que los cambios de la propia realidad. Aun cuando ella cambie, su representación en el imaginario colectivo perdura estable durante un cierto tiempo construyendo el sentido común con que la percibimos.

– ¡Dale! que están Cebolla y Gastón.

El pique de la pelota agrava la ansiedad y define una decisión táctica, salir sigiloso en vez de concensuar el permiso. La hora de la vuelta es una regla implícita, cuando empiece a oscurecer. Y si algo teníamos en claro es que los acuerdos estratégicos se respetan, o a fuerza de penitencia ponen en riesgo el horizonte de felicidad: ir al campito mañana otra vez. Aunque también es cierto que más de una estirada definición por penales valieron la pena y la represalia.

También confieso que no sé si esta situación ocurrió alguna vez exactamente así. Pero como pasa con el “toc-toc”, es la forma irreal que mejor describe las cientos de veces que me pasó. Esto mismo pasa con las categorías de análisis político, son siempre puras, confesas irrealidades que nos orientan sin embargo a leer una realidad que es mucho más contradictoria e impura. Su naturaleza no es reemplazar lo real, sino ordenar nuestro pensamiento, mejorar el entendimiento de lo concreto y así poder transformarlo.

Muchos años después termina una charla y la mano de un compañero se apoya afectuosa en mi rodilla, que como la persiana ya no es la misma. Todo indica que va a impulsar el resto de su cuerpo para levantarse e irse, pero detiene el movimiento, inclina la cabeza y la voz suena con cuestionable espontaneidad.

– ¿Porqué no te escribís algo? Para la revista… algo rápido, cortito. De lo que hablábamos recién… de la paritaria. De pronto ese ¿porque no te escribís algo?, me sonó a: ¿salís a jugar?

-Dale, ahí voy.

Eso sí, finjo que la espontaneidad del pedido era cierta, y que de verdad va a ser algo cortito y rápido. Eso me da algunas licencias literarias a la hora de las aseveraciones y los estilos. Como quien se escapa a la siesta con la arrogancia que te otorga saltar por la ventana, pero sabiendo que lo espera una tierna amnistía si vuelve antes que oscurezca.

En una siesta se define una paritaria. Bueno, jugamos a que se define ahí. A que un grupo de trabajadores toman la decisión que miles de compañeros reciban la mitad de los que necesitan para vivir, ellos y sus familias. Luego se aplauden con un supuesto orgullo descalificando cualquier crítica. ¿Qué paso en el medio? ¿En qué momento los trabajadores empezamos a discutir lo posible y no lo necesario? ¿Porque lo posible define lo necesario y no al revés? ¿Quien invirtió los signos y las categorías para que nuestra realidad posible no nos alcance para vivir? Si de movimiento obrero se trata, algunas categorías vienen haciendo toc-toc en la vieja ventana de la historia: alienación, hegemonía, burocracia.

-Bueno pero… eso está bien en los libros, es de intelectuales. Acá nos dicen que no hay plata, que no podemos generar más inflación, y además ya está todo arreglado.

¿Qué vamos a hacer? Tengamos un poco de sentido común ¿No te parece? ¡Claro! La alienación es eso. Los trabajadores perdemos conciencia de clase, ya no producimos lo que necesitamos nosotros y toda la sociedad para vivir, sino lo que el capital necesita para reproducirse. Producimos la ganancia que se apropia alguien que nos paga lo menos que puede maximizando esa ganancia al tope de lo posible. El sentido común con que lo aceptamos es el principio de nuestra derrota. Cuando discutimos salario discutimos eso. A quien le corresponde más riqueza. Al trabajo o el capital. Más aun si se trata del Estado, ese producto necesario de lo irreconciliable de las clases sociales. Lo contrario a la conciencia de clase es la alienación, lo contrario a la organización de clase es la burocracia. La burocracia invierte los signos, los discursos reemplazaron la realidad que se vuelve números. Y si nos ponemos poco sutiles: un porcentaje de poco es poco. El problema no es matemático, el problema es ideológico. Los trabajadores necesitamos reproducir nuestra vida en un sentido ampliado, no solo como fuerza de trabajo para el capital. Pensar que lo necesario es un problema solo teórico, de los libros, y que tenemos que conformarnos en el corral del sentido común, es pensar que alguna patronal en algún lugar del mundo está diciendo, muchachos: ¿cuánto quieren ganar? ¿Cuánto necesitan? Miren que acá se esta concentrando riqueza, eh?

La discusión no es económica, es ideológica. Roque Dalton decía “para reconocer un burócrata plantéale un problema ideológico”. Esto siempre me sonó a verdad desnuda, tajante, como cuando Cortázar define que el amor no se elije, “no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”. Asociación un tanto caprichosa, pero después de todo Frei Beto definió el socialismo como: “el nombre político del amor”.
A la hora de definir el último acuerdo salarial, ante alguno de estos argumentos alguien se enojó por el uso de la palabra jugar, no le pedí disculpas en ese momento por el disgusto causado. Entendí que saldaba así su falta de argumentos respecto a lo que estaba en discusión, o al menos debió estarlo. De todos modos agradecerle su inspiración es mi forma de hacerlo ahora. Aunque si hubiera visto a cebolla pisarla en el campito o a Gastón achicar en los “mano a mano”, sabría sobradamente que en el barrio jugar a la siesta era cosa muy seria.

Y aquí confieso por último, que salvando el remate furibundo que me permitían los zapatos ortopédicos. Por lo que hace al resto de mis dotes futbolísticas me parecía a Cacho, el personaje encarnado por Grandinetti en “Esperando la carroza”. Y menos grandioso que Cortazar estaqueado en el medio del patio, pero casi tan irónico como Dálton, los signos me traen la escena grotesca de Antonio Musicardi, un entonces genial Luís Brandoni diciendo:
– ¿Sabes que tenían para aumentar?

– Tres tramos…tres tramos para un 25 %. Que poco se puede hacer por la gente. Suerte que mis compañeros tienen lo necesario

– No te creas, ¿y Jorge? ¿Y Emilia? Ellos cobran “la uno”, es media canasta, una miseria…

– Si Sergio, miseria… pero es una miseria…digna!

Nota realizada por el Secretario de formación, investigación, proyectos y estadísticas de la CTAA Seccional Santa Fe. Publicada en la edición N° 2 de la “Revista Pasala“.

 

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