‘Pocho’, el inventor de guisos de dignidad y sueños

Por Gustavo Brufman* | A quince años de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, el recuerdo del militante social Claudio ‘Pocho’ Lepratti, está más presente que nunca. Asesinado por un policía en el techo de la escuela donde trabajaba de asistente escolar, su muerte física lo multiplicó en hormigas y ángeles que buscan replicar su ejemplo.

Brufman - Foto: Sofía Alberti

Brufman – Foto: Sofía Alberti

Volver a transitar la barriada con chispazos de recuerdos encontrando lo no dicho, lo no escrito. Volviendo a sentir la fuerza de tanta energía que partió con su bicicleta con ruido a portacadenas en medio de la tierra y de las piedras de los ranchos. Volver a instalarme en lo bien que la pasábamos aún en medio del dolor sin horas ni descanso, para correr detrás de los pibes de las madrugadas heridas.

Con ese flaco entrerriano desgarbado y rubio pelilargo, revoloteado de viento y tierra, el Pocho, como lo nombran en el planeta de los nadies. Con él fuimos rehaciendo el mundo desde los recovecos penumbrosos de los pibes que anidan en los márgenes, y las pibas que siguen pariendo no por falta de educación ni por cobrar planes de miserables, sino como síntoma de vida y pasión entre tanta bala y tanta muerte.

Efecto de amor profundo entre tanto sueño arrebatado en presentes contínuos de la desesperanza. Allí estaba siempre el Pocho. Inventando guisos para compartir la nada y sentirnos todos parte de algo más propio. Poniéndole palabra a la sinrazón de la historia. Cabeceando siempre como gesto propio cuando alguien enunciaba lo que hacía falta decir.

multimedia-normal-af8339912f18c097-6e6f726d616c2e6a7067Con él armamos entre tantas otras, el Taller sobre la Historia Social del Trabajo, cuando después de toda la jornada se cargaba como siempre la mochila y a los pibes, para cruzar la circunvalación y llegar a casa con las bicicletas como bandadas de pájaros nocturnos. Y organizado el mate, con las historias de vida alrededor del cirujeo aprendíamos la teoría del valor en el intercambio de cansancios y desgastes, para saber cómo y por qué nos pagaban el vidrio, el cartón y los fierros. Se iluminaban los ojos de todos y él sonreía, cuando a cada uno le caía la ficha de cómo lo estaban cagando en el intercambio.

Un hermano, el Pocho. Pataduras como pocos para la reglamentaria y obligada cumbia de todos los festejos. El que nos enseñó a escuchar con el gesto. El que sigue surcando el cielo en su bici alada, obligándonos a meter las patas en el barro nuevamente cada día. Tranqui, mi viejo. En eso estamos.

*Gustavo Brufman, Secretario Gremial de la CTA Rosario; integante de la Comisión Investigadora No Gubernamental que investigó los crímenes de Diciembre de 2001; militante barrial; docente universitario.


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